Horacio Preler: Alguna vez habrá que abandonar la casa y otros poemas



SÍMBOLOS

Un extranjero recorre las calles
de una ciudad desconocida.
El misterio se encierra
en los extraños laberintos.
Los hombres pasan unos junto a otros,
sólo los viejos conocidos se saludan
con las ceremonias de costumbre.
Nos entendemos pobremente,
apenas delineamos los contornos del gesto
articulando símbolos heroicos
para superar el desamparo.


LA PARED

Todas las mañanas un hombre
levanta las paredes de su casa.
Sube a los andamios; el sol brilla en su piel.
Abajo, sus hijos juegan en la arena.
Está solo.
Quizá piensa en la mujer que tuvo
o en la época en la que fue feliz.
Cuando termina su trabajo,
recoge sus herramientas
y regresa por el mismo camino que llegó.


EL SEÑOR GIANNI

Todas las tardes junta las hojas
que el viento ha volteado
y las mete en un hoyo.
Enciende una fogata y espera.
Después riega las plantas,
va de aquí para allá
atento a cada extraño brote,
cuidando que todo crezca en orden,
que nada perturbe su labor,
como un dios que no ha perdido la esperanza.


LA MUERTE DE UN POETA

Un poeta muere como cualquier hombre.
Se desploma de pronto
o padece una larga enfermedad.
Abandona entonces a sus hijos,
sus afectos y sus pequeños lujos:
su infancia,
la carta de un amigo
y algunos libros que lo encallecieron.
Además,
los poemas que nadie escribirá por él.


BARATIJAS

El fuego arde y la materia es un axioma.
La energía engendra las cosas más extrañas,
las telarañas, los papeles,
el ojo denigrando la figura,
las puertas sin cerrojo,
la contextura ósea.
Hay personas mirando el horizonte
en una visión hueca,
puerto que recibe barcos cargados de riquezas
para rendir países,
monarcas que gobiernan un pueblo de fantasmas.
Los sueños ofrecen la ventaja de las cosas sencillas:
humildes baratijas
para vender en el mercado.


CASA VACÍA

Alguien alguna vez hará el inventario de las cosas,
levantará papeles, abrirá los cajones de un escritorio
antiguo, revisará bibliotecas, estanterías,
muebles, aparatos usados, buscando explicación
a tanta fantasía.
Nada perdurará para dar testimonio.
Uno se lleva todo. Sus historias,
la clave de sus miedos, la lóbrega codicia,
la indiferencia, el odio,
los almanaques viejos.
Entonces encontrarán escobas en todos los rincones,
trapos de piso, humedad,
los restos de comida que han quedado en el plato.


RESIDUOS DE LA MUERTE

Vivimos la soledad como un dufunto ser
que ha muerto en lugar apartado.
Nos quedan papeles, diaarios escritos
en épocas lejanas, también objetos sin valor,
gastados trajes, cajones sin cerrojos.
En la noche tomamos una escoba
y juntamos las cosas inservibles.
Todo lo colocamos en una bolsa inmensa
que se llena hasta el borde,
que pesa,
que nos duele,
que entragamos al primer extraño que lo pida.


LOS VIEJOS POETAS

Los viejos poetas intercambian poemas
como un duro oficio de cancelar el hambre material
y el pan sagrado, blsfemando entre dientes.
Esgrimen una lágrima espesa
sobre el diciionario agresivo
y un duro caminante dibuja en la hierba,
repitiendo la vieja lección de los maestros :
debe escribir un salmo.
En papeles diversos se dibujan
instrumentos de viento
que entonan canciones en idioma extranjero,
pecado capital que se castiga con la muerte
o el olvido. Como un juego de naipes
recobran del pasado acertijos aprendidos
en un oscuro circo de provincia.
Sacan de un sombrero una paloma blanca
y terminan la charla con un combate
cuerpo a cuerpo y la triste desidia
de los que esperan la palabra olvidada.
El profeta presagia la muerte
y cuando la noche llega
el niño balbucea un tema repetido,
escrito en una vieja máquina del tiempo
por un juez que esgrime la palabra
como la Tabla de la Ley.


OTRO DÍA

Sólo amamos las palabras sencillas del verano.
El agua corre por los campos
y el cuerpo se desliza por las horas,
como el hueso colocado sobre otro hueso
o el viento cuando acaricia los jardines.
El ojo sueña que otro ojo lo mira
y descubre el paisaje y el árbol y la nube.
Sobre nuestras cabezas hay un resplandor desconocido
que purifica los puentes de la noche.
Debajo, sobre el lecho del río,
una gaviota tiene en su pico un pez
que ha robado a las aguas del tiempo.


ZONA DE ENTENDIMIENTO

A veces pensamos que la soledad
es una cosa que podemos manejar
como si fuera una materia inerte.
Vemos la claridad desde la ventana
mientras la brisa mueve las cortinas.
El perro duerme debajo de la silla
y las horas pasan
como un ciego tanteando las baldosas.
En la mesa se amontonan libros y papeles.
Entonces nos acomodamos en un rincón
y buscamos imágenes de un paisaje ignorado.
Todo el silencio regresa de la calle
y se sitúa en la casa.
Nada se mueve, nadie habla.
La tarde es un atajo,
una zona de entendimiento
que nos mira desde la eternidad.


LO OSCURO

Cuando escribe viaja por sus años
y descubre parajes que no había conocido.
Desde el comienzo del mundo
la locura era tan clara
como un amanecer de verano.
La brisa de la mañana corría por las calles
cruel como la mirada del asesino.
Entonces la paciencia de la sangre
retornaba a los borradores de la vida
y, sigilosamente,
inclinaba la balanza hacia lo oscuro.


ORDEN

Es bueno lavar los cuchillos en primer lugar,
todos juntos,
luego limpiar los tenedores,
todos ellos,
y, finalmente,
pasar a las cucharas,
para que la tarea sea más prolija,
para que sea más fácil
poner en orden el universo.


EL CAZADOR

El cazador da de comer a su presa
y tiene el arma preparada.
Apunta hacia el objeto dorado de la memoria
y la destruye.

En laspuertas del bosque
la hoja caida no comprende al otoño ;
sobre una rama
yace el cuero del tiempo.

Con un pez en su mejilla
el moho de la muerte
levanta su hocico hacia el cielo
y luce como una rosa en la tiniebla.

El río está seco
y hay que armar un laberinto
para atravesar su cauce.

Nadie labra su piedra en la oscuridad
ni detiene su lengua
cuando la palabra es su oficio.


CERCA DE MÍ

Cerca de mí,
todo está cerca de mí.
Los libros de la vitrina,
las hojas en blanco
y las reminiscencias de la noche.
Cerca está la vida despojada,
los recuerdos que estructuran el alma
y la mirada que partió.
Cerca, muy cerca está la lluvia,
la solitaria lluvia.


ALGUNA VEZ HABRÁ QUE ABANDONAR LA CASA

Alguna vez habrá que abandonar la casa,
en ella crecerán los pastizales
y nacerá la hierba.
Pero en lo profundo perdurará un recuerdo,
y surgirá una flor
cuyo perfume nadie conocerá.


_



Selección de poemas jmp, de los libros: “Lo abstracto y lo concreto”, 1973; “La razón migratoria”, 1977; “Lo real, nuestra casa”, 1991; “Oscura memoria”, 1992; “Zona de entendimiento”, 1999; “Silencio de hierba”, 2001; y “Aquello que uno ama”, 2006.

Horacio Preler nació en 1929 en La Plata, ciudad en la que reside.

Fotos: Archivo de la talita dorada.

Mario Porro: Mundo despierto, 1983


analógicamente
un sutil movimiento
de la naturaleza
despierta otro
en nuestro ser profundo



solidez.
la informe soledad en derrotero
desliza el fondo del amanecer.
despierta el pez contento.
hay un salto sigiloso sensible
un derivar envolvente.
los ojos irritados híspidos
intercambian el viento y la luz.
la límpida señal
curva pacientemente la bruma.
acudes
sin saber todavía.



temblor.
la escasa linfa verdosa lúcida
ha reconocido.
es inútil el grito
llega lentamente aplacado
apacible ya.
tu carne es un pez
tiempo queda apenas sostenido
luego asombrosamente sube.



sorprende la brisa
caracolea un aire
restalla el torso ocre
de la cansada espuma.
inseguro palpitante horizonte
y arena.
entre ellos la antigua recelosa
amistad del agua y del silicio.
un pie estremecido
demora
busca
eterniza el signo.
el mundo se abre
a un sencillo respirar
pleamar de dos ámbitos.



el silencio sólo
aguardando en la playa.
un vuelo pesado de soledad
se corta y cae
sobre el pez alucinado.
cada gaviota con su pico desgarra
encarnizadamente el abandono.
todos se han ido.
una silueta muy lejana los recuerda.
lampos de sol amarillo
reúnen un poco de calor
mucho menos que sombra.
el mar asiduo
teje y desteje nuestros nombres
que alguien sin saber
dejó en la arena.
-¿estás ahí?.
va y vuelve la ola
como cada acudir
de la sangre a mi corazón
dejándote y llevándote.
la sal y el hierro endurecen
los deseos anhelantes del mar.
y allí dejan esos bordes exangües
sucios
olas quietas para siempre
que sin embargo tú rompes
tan fácilmente con tus pies
buscándome.



el mar desposa su silencio
en un vuelco sereno
de cristales verdes
sobre tu piel irisada.
cósmico intento húmedo de mi mano
que inicia la forma tangible
de tu amor recogido.
un enamorado bullicio
estremece el aire.
anuncia el despertar
sensible interior
que fuga y crece
por las voces anónimas
y las alas olvidadizas
de las gaviotas indiferentes.
nuestro mirar se adivina y extravía
en los milenarios reflejos de sol.



vive el mar casi ausente.
toda la luz se apoya en una roca
espléndida y segura.
sufre el agua
el corte ávido de las valvas pardas
que realizan su rutina nutricia.
la calma es tan profunda y sosegada
como si dos niños
tomados ya de eternidad
se cantaran la infancia.
- yo tenía en el fondo de mi casa
un sauce
que aplacaba el verano de mis juegos.
- yo una muñeca con los ojos abiertos
que mostraban
el asombro de la vida
¿pero dónde estamos
tú y yo ahora
con este estremecimiento
de ternura
que el mar paciente
acopia y acumula?
viene otra vez la ola y cubre plena
el lomo hiriente, soleado de la roca
después escurre
su ensimismado blancor
laciamente
como una mano maternal
que regresa de amor
hacia su propio ser
atento y clausurado.
tu pie es eco de mi pie.
habita ya el rumor grávido
de la amorosa arena.



la mar también ensimismada
reverbera serena
su cantar en la noche.
ágil el viento atraviesa
el interior húmedo del aire
y enciende sobre el cielo
la ansiedad
de los rostros predestinados.
en tu mano y mi mano
tiembla
un reservado amor absorto
que reconoce tímido
la pura oscuridad.
¿quién espera?
- ¡amor mío, amor mío!
se oyen las voces altas
que despliegan
temblorosas, iridiscentes
su infinitud indefinible.
la canción es ahora
un incierto sonreír,
blanquísimo, que rueda
acaricia la arena
y se deja estar
reteniendo su amor con regocijo
nuestras manos se desean
se rozan
en los últimos dedos de la noche
casi en el horizonte
ceñidor extasiado
de un mundo despierto en el amor
ingrávido - ámbito de gratuidad-
que humildemente espera el alba.



en el dudoso equilibrio
de la más alta ola
-arrolladora espuma
verde, blanca, inocente-
afloran las voces todavía.
- amor mío, amor mío -
bogan, vuelan, se deshacen
teñidas aún de oscuridad
aureoladas de espera.

hace frío en la playa.
la soledad es destino implacable.
toda la vida
teme y fluye angustiada
permanece indecisa.
los moluscos y las algas muertas
trasuntan vértices temblorosos
reducidos puntos
de anterior alegría.
el lento cambio
de los azules profundos
remonta la antigua señal.

¿la gran centreidad
- pleamar del espíritu-
es ser uno en el último ser
o ser dos
en la diversidad para la vida?

__
El poema “Mundo despierto” (quinto libro de Mario Porro) fue editado en La Plata por Ediciones El Búho en abril de 1983 (hay una versión anterior de 1963, publicada en la revista “Espacios”, dirigida por el propio Porro).
Dibujo de tapa y diagramación: Hugo Mario de Marziani.
_

Mario Porro: Entremundo, 1960



ENTREMUNDO


_________________
Tierra debajo del mar



a
Arturo
Cacho
Jorge


_
I


Tierra debajo del mar
insólita
deseada para la muerte
y sin embargo ser.

Extrema y abundante de luz
transfugada.
Los deseos que llegan a ti
se sonrosan
igual que los barcos
ya blandos
cerca tuyo.

Habitante
aunque la sal se interrumpa
arrancada del agua
y abrume su peso.
Tal vez todo esté allí.


_
II


No eres fondo de mar
sino plenitud suspendida
y tiernamente absorta
por la voz entre alga y trino
que te anda.

Dócil
al lento resbalar
amas sin pausa
y sin destino.

No agua.
Riesgo.
Tú contienes.
Y dejas
como si te envolvieran.


_
III


De inmemorial cautela
que huye
junto a tu piel
detiene la ansiedad de los muertos.

Cada uno llega
palpa el lugar
descansa
crece
escala tu forma
y todavía espera.

Ellos no saben
que puedes recogerlos
y abrigarlos
pero contienen la a esperanza
en su materia innumerable.

Se han cumplido.
Siempre tú juegas
entre un punto de fuego
y la inocencia del mar.


_
IV


Se transparenta el mar.
Endurece en quietud.

- Si tú hablaras un día -.

Tu voz no tiene muerte ya.


Aire y espejo diversos
en alegría
adormecen la ingenua soledad
brutal
del hombre.

El amor
es leve intento que abre
llega
llega como a un núcleo
recogido
pero vuelve a salir.
No hay tiempo donde es.

Y el mar tiembla
porque los peces
quieren la vida apresuradamente.


_
V


Desprenderse
ir
adonde centro y luz
juegan
uno y otra felices
de ser lo mismo
sin que gravite la esperanza.
Y nosotros jugar
sin el roce de ayer,
hoy, mañana
reclamándonos en la memoria.
-Tantos atardeceres
con el sol partido
por los que lentamente
se acuestan
y los que somnolientos
comienzan a vivir-.

Nubes y agua
jugar
trasponer la línea
que no separa.


_
VI


Después de la última sonrisa
del agua
crujir brevemente
sobre ese limite
que aplasta la memoria.

Sentir
cómo crece el nuevo instante
en la fuerza
de habernos contemplado
siempre.
Allí
el gran cansancio del mar
y nuestra madre
rápido el viento entre la luz
la infancia.

Crece.
Somos nosotros.
no importa qué.
Sólo reconocemos secretamente
todo.



________
Superficie


_
I


Ahora aquí
en este sobresalto del pan
de nuevo
la mano y la mano
la voz.
Un eco oscilando
en el tiempo

Paso sin apoyo
que los hombres escuchan
entre palabras.
Reencuentro de lo olvidado
restaurándose ante la luz.

Deseo y deseo creciendo
del pleno movimiento
puramente de sí
solo
sin tocar.


_
II


Aquí
donde los dientes
en hilera del hambre
ignoran el lugar.

Los puntos fijos recogen
destruyen la mirada.

Es lo mismo pasar iluminadoscuro
ese equilibrio
se rompe con el pan.

Superficie. Desgaste empecinado.
Dar. Cansarse. Consumir la forma.
Latir.


_
III


Densidad perdida
sol y aire dispersos
trasluz.
Difícil abandono
que crece hacia el fin.

El habitual movimiento
altera lo anterior
y ayuda.
Tu corazón excluye la mirada.
Eres un tiempo insostenible.
Aprietas. Contener es impuro.

Lo ya habitado ordena la ilusión
y te somete.
Un día
habrá otro tiempo
en que podrás desplazarte.


_
IV


Yo también
aero-imbricado-tenso
estoy así
sobrevivo.
Hambrientos y alguien más
descienden pura bruma
airadamente
viento a viento.

Hoy es tierra
mañana horizonte
nunca silogismo.

Uno que desciende entero
pierde el equilibrio.
Náufrago.
Sin par es la alegría
entonces.

Todos aplauden la desazón
y se perfuman
al correr, corren corren.

La tierra está lejos-cerca
no está
puede estar
lejos-cerca.

He perdido la luz
la lamparilla
el viento.
Quizá cuando me abra
saldrá otro
combando los ojos descendiendo
amordazado
-sin otro feliz que dos mismo-
originando
ayer todavía
hoy cierto
mañana otra vez horizonte.


_

__:
Foto: Mario Porro. Archivo de la talita dorada.

Con la idea de ir subiendo la obra completa de Mario Porro (Trenque Lauquen, 1921 – City Bell, 2001), compartimos, ahora, “Entremundo” (Altamar, Buenos Aires), su cuarto libro, que se terminó de imprimir el 31 de octubre de 1960. Le antecedieron: “Búsqueda por el amor” (1950); “En amor por el tiempo, el tiempo” (1956) y “La vigilia y la roca” (1957).
_
Dedicatorias: “Entremundo” está dedicado a Arturo Cuadrado, Oscar “Cacho” Muslera (traductor) y Jorge ¿Callaba?.
_
Más Mario Porro en:
Poesía La Plata. Selección de textos de “Tropos” y “Sucesión del ser”.

Poesía La Plata. “La vigilia y la roca” (1957).

Aromito. Selección de textos de “Tropos” y “Sucesión del ser”.

Poesía City Bell.
:_

“Conversaciones en el andén” y otros poemas de Marcelo Vernet





De: Último tren
(Ediciones Al Margen, 2000)





Último tren
(Fragmento)

Saber que viene la lluvia
cuando nos duelen los pies
es una de las pocas certezas que nos quedan.


No es el hambre, no.
No es el frío.
Aunque ni pan,
ni una miga de pan,
ni una astilla
de duro pan nos queda
para abrigarnos, comer,
hacer un fuego.


Es otra cosa lo que nos duele.
Son los pies que profetizan
la lluvia como única certeza.
Son estos tiempos
que duelen como caries.
Pero no es el hambre.
Es esta nada.
Este agujero que late
donde solíamos tener el corazón.


Hubo una vez un tiempo,
una manera de lluvia sobre los techos,
una forma de hablar que conmovía el corazón.


Ahora es tiempo de recordar las viejas canciones.
Pero no cantarlas.

Como se recuerda el ruido que hacían los adioses.

Ahora es tiempo de recordar los viejos compañeros.
Pero no de abrazar sus tristes húmeros.

Llegará.
Llegará el tiempo de las profecías
gritadas sobre un cajón
junto a las vías muertas.

*

Conversaciones en el andén
(Fragmento)

Amigo, no hablemos de estas cosas debajo del cielo.
La noche pesa sobre mi corazón como un remordimiento.

(…)

Hermano, está muy oscuro
para hablar de estas cosas.
Los nomeolvides florecen
sobre la tierra dura, sobre la tierra negra
donde descansan los muertos.
Los nomeolvides siguen floreciendo
aunque ya casi todo lo hemos olvidado.



De: Último tren
(Parte II: Cuaderno municipal. Poeta de provincia)

Principio
(Fragmento)

Es algo que ha dejado en mi cadera
el abuelo del abuelo de mi padre.
Apenas una huella, la forma de pararme.
Apenas en la ingle el olor de un caballo.

Mis huesos saben cosas que yo ignoro.


--

De entre casa
(Fragmento)

Nací en un hospital.
Es decir, nací en ningún lugar.
Todos los hospitales se parecen.

Crecí en un primer piso
bastante alejado de la tierra.
Salvo unas pobres macetas desterradas
y unas batatas tristes que mi madre
hacía germinar sobre la frialdad de la heladera.


(…)

Supe tener de chico una yegua mora.
Mi mano aún recuerda su pelaje sudado
y mi entrepierna el miedo de montarla.

La Morita era mía en labios de mi padre,
como si se llamaran míos
la distancia alambrada o el aire.

Dicen que unos cuatreros del lado de Matanza,
se habló de un portugués con hijos de arpillera,
un oscuro quintero vecino de La Loma.

Lo cierto es que mi padre recorrió palmo a palmo
sin poder encontrarla.
La lloré largamente ese breve verano.

Era tan chico, creo, que no supe tenerla.


--

Del sur

Hombres de poca risa
hablan gravemente de vientres y de leguas.
Anotan unos números
en que cifran el futuro.
El papel, sobre una madera, cuelga de la pared
entre el winche y un barómetro
que el abuelo trajo en una caja de Inglaterra.

Sus mujeres no hablan.
Otros vientres más silenciosos
que las vacas.
Pero secretamente manejan
los hilos de la casa.

Los hombres conversan lentamente.
Fluyen las palabras como mercancías
justamente pesadas.
El tabaco les mancha los dedos
endurecidos por el viento.

Junto a la Biblia, que ya no leen,
las otras escrituras profetizan
terribles herencias y catástrofes.

La lluvia del año también es anotada
en un vano ritual.
Todo lo demás lo escriben en la carne.
Cortan la oreja derecha de los machos,
la izquierda de las hembras.

Los hijos son otra historia.
Aunque criados en las casas,
aunque mansos a la voz,
quizás dispuestos a cargarlos de viejos,
los hijos son orejanos.

Se mueven en un tiempo
largo y lento como la eternidad,
pero el futuro termina, por ahora,
en la entorada de abril.

Ahora se callan.
Lían un tabaco en silencio.
Y aunque no hay viento
entrecierran los ojos para ver a lo lejos.

--

Final
(Fragmento)

¿Y a dónde vas
al tranco de un tordillo de riendas flojas?

No voy a ningún lado. Sólo miro.
Ando a la deriva en ancas de un tordillo.

¿Y qué buscás
sobre la tierra sin sombra como el mar
confiado el rumbo al tranco del caballo?


Cada quien busca lo suyo, creo.
El tranco busca una aguada.
Yo busco a mi padre muerto.











De: Don de Profecía
(Ediciones Al Margen, 2005)






Diálogos I
(Fragmento)

Ahora que al levantarme crujen mis rodillas
nada espero del diario.

Mientras acomodo los huesos de mi alma
con los primeros mates
me da por oír una voz como de muchas aguas
de mucho tiempo atrás.

Nada veo.
Salvo la maceta del malvón
y las rosas de mi hija en el aire
de la mañana recién nacida.
Nada veo.
Sólo escucho una voz como de muchas aguas
o muchas voces de mucho tiempo atrás.

- Escribe lo que oigas en un libro.
- ¿Otra vez? – pregunto yo.
- Otra vez – me contesta la voz.

- Ríos de sangre.
- ¿Otra vez?
- Porque sangre de profetas y de santos derramaron,
sangre les daré de beber.
Lo merecen
.

- Eso ya fue dicho antes.
Hace tiempo,
cuando el fin del tiempo estaba cerca.

- Nada quito. Nada agrego.
Sucede que ha sucedido muchas veces
.

--

Profeta menor

Yo profetizo, lúcido y sereno en el balcón de casa.
Sin visiones veo el horizonte rojo y transparente.
Dios habla y yo lo escucho con los ojos. Atardece.

Oigo una voz: “Rosso di sera, bel tempo si spera”.
Es mi abuela desde el patio de la infancia.

Mañana va a estar lindo, le digo a mi hijo más pequeño.

Por hoy, es suficiente milagro.


--

Génesis 9. 12-16

Acaba de llover y el sol
asoma entre las gotas
que aún vuelan en el aire.

La tierra respira en paz
como una mujer satisfecha.

Brilla el agua en los cardos
junto a la ruta de camiones esmaltados.

Un muchacho atraviesa la claridad
al tranco de un oscuro caballo.
Va sereno e imagino que silva.

Sobre su boina blanca el arcoiris
traza un signo para que Dios recuerde
su antigua promesa.

Va tranquilo en la luz y no sabe
que el mundo acaba de salvarse,
una vez más.


--

Diálogos II
(Fragmento)

- Busca un lugar alto y habla.
- Es esta la llanura más llana que conozco.
- Busca crecer porque las palabras que pondré
en tu boca son más altas que tu altura
.
- ¿Puede ser un cajón de manzanas sureñas?
- Para empezar no está mal. Escucha:
Bienaventurados los pacientes
porque heredarán la tierra
.
- No conozco a nadie más paciente
que mis paisanos los indios
y toda tierra les ha sido arrebatada.
- Así está escrito. Así sucederá.
- ¿Cuándo?
- No está en mí decirlo.
- Las profecías están escritas en futuro
y en futuro siempre se repiten.
- No entendés nada.
Las profecías siempre se están cumpliendo
y nunca terminan de cumplirse.
Ahora, un buen cajón que sostenga tus dudas.
Ahora, párate sobre tus huesos encima del cajón y grita:
Bienaventurados los que tienen
hambre y sed de justicia
porque serán saciados
.
- Lo diré en voz baja. En voz baja.
Como si le hablara a mi corazón.
Parado en un cajón, está bien.
En medio de la plaza Moreno, está bien.
Pero en voz baja.
Como si le hablara a un amigo.
Ya no creo en los gritos.


--

Setenta
(Fragmento)

Con los cuatro dientes que me quedan
muerdo el asado y muerdo
la evidencia:
todo podemos perdonarlo,
menos lo imperdonable.

No es vejez prematura.
Es un justo balance
puesta en balanza nuestra vida.

Aunque siga latiendo ya se ha ido
la hora de nuestro corazón.

Nada nos queda ya por destruir
salvo los últimos vestigios de la derrota.
Nada nos queda ya por construir
salvo una muerte
lo más digna posible.

Poco importa lo que resolvamos,
o importa sólo a nuestra alma.
Si quedarnos en casa con los ojos cerrados.
Si contar historias cargadas de consejos.
Si salir a la calle buscando una bandera.

A otros pertenecen ya
las vísperas y el combate.
A otros, felizmente.

Pero qué ganas de saber cómo será.
Qué anhelo de alistarme
como boletinero, corneta o zapador,
como tambor, cartógrafo, enfermero.
Al menos ser reservista, veterano
del batallón de los aparecidos.

Con los cuatro dientes que me quedan
muerdo aún la vida, la sopa, lo que pueda.

La Plata, invierno de 2001

--

De: Don de Profecía
(Parte II: Cantar de amigo)


De noche

Amigos, si la vida
es esto que ha pasado
durante el sol de hoy,
digamos, si sólo fuera
esta quieta nadería de vértigos,
no vale gran cosa respirar.

Quiero decir, amigos, el misterio
que late oculto en nuestro viejo
y calumniado corazón.

Lo que me empuja a enderezar palabras
bajo una ley que invento y creo
que me es dictada por la sangre.

Enciendo cierta hierba que se quema fragante.
Cierta hierba humedezco, como hacía mi padre.

Basta que el viento de pronto en la ventana
traiga un aroma, el hilo de un recuerdo, casi nada.
Y el tiempo otra vez gotea grueso sobre el alma.

Amigos, buenas noches.
Ahora sí, está cumplida la jornada.

--

La luna desde aquí

Amigos, la luna
ha ido trepando tan despacio
el tilo de la puerta de casa
que en el barrio, creo,
nadie salvo yo lo ha visto.

Los que pasan,
los que sólo se asoman
un instante a la ventana
la ven de pronto
redonda luna llena
de quietud.

Y no es así.

No sé otras lunas
en otros barrios.
No sé, Memo, tu luna
allá en Australia.
No sé qué hace, Emilio,
la luna en Bahía Blanca.
Acá en mi cuadra trepa
de rama en rama el tilo.

No sé otras lunas
en otros techos.
Pero esta noche me hace bien
estarme así de quieto,
el alma echada junto al perro
que apoya su cabeza en mis caricias.

La luna, amigos,
se posa ahora en la delgada
rama de la torcaza
y la rama se curva al peso de su luz.

Voy a seguir aquí para verla volar.

--

Última poética

Si yo tuviera, amigos, la obstinación feroz
de los vendedores de tren
que de vagón en vagón vocean sus milagros.

Si yo creyera en mis versos como ellos
creen en alfajores, pilas, lapiceras.

Hace mucho que desistí de las poéticas,
del poema que se mira el ombligo y duda
del origen, valor y olor de sus pelusas.

Qué extraño oficio el nuestro, Néstor.
Una duda que nos hace callar. Un silencio
que nos mueve a seguir escribiendo.

No hablemos del poema. Es cuestión de riñones.
Hablemos de los que venden milagros en los trenes.

Llegan a Constitución con la voz quebrada.
Y toman otro tren, hasta ganarse la jornada.


Marcelo Vernet 
nació en La Plata en 1955. Estos textos son una selección de sus dos únicos libros de poemas publicados hasta el momento: Último tren (2000) y Don de Profecía (2005), en la editorial platense Ediciones Al Margen.

“Danza”, poema de Leopoldo Brizuela


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Danza



Muy poco antes del mar, amor, el río se demora
en remolinos de tierna resaca. Mira cómo, en tu ausencia
cenizas de la luna, la borra de los días
se enlazan
y danzan
girando sobre sí
como ese salvavidas recién tirado al agua, al que nadie se aferra.
No hay historia de amor: hay una danza
anclada al corazón de la memoria.

¿Te acordás? -¿Bailar, amor? El mar, la mar, y los marinos
saben. Los hijos... –Bailar, amor. Bahía. María Bethânia.
-¿Así? No sé. Soy tieso como un faro, mis pies
de acantilado sólo han bordeado abismos, no saben de las olas
más que un secreto ávido quebrado en la rompiente, una vez, otra vez.
-Así, amor. ¿No ves? Somos rompiente. Los brazos se aferran como algas
a las rocas, las caderas se topan, el viejo matrimonio
del agua y de la tierra. La luna
dibuja su alta alianza. Yo soy ese secreto. Zarpemos.


-No puedo, amor. El mar, la mar, la danza, son siempre imprevisibles
y estos primeros pasos son las mismas mentiras
que cantaba mi casa, caracol de la orilla:
partidas y retornos eternos de las olas
veranos y bandadas y estribillos y madre
procurando, afanosa, paralizar la espera.
Y mi padre volvía siempre imprevistamente. Ya no podré seguir.
-Podés, amor. ¿No ves? Ya es alta mar ahora, el corazón del mundo
es quien ritma los cuerpos, y las constelaciones
y aun la costa, a lo lejos, se uniforma y se curva
y su abrazo es de olvido, maternal, y de niebla.
Ya desapareció. Cayeron ya los muros, como ropas, o redes
que levaran desnuda la verdad abisal:
tu casa me amó, amor, como lo amó a tu padre. Vos me abriste,
entré. La libertad. Bailemos. No volverás allí.
Dejame hundirme. El viento
anuncia tempestad. Hundámonos.


-No puedo, amor, le temo a mi reflejo: es la primera vez.
Mi rincón era oscuro, los ojos de mujeres
tan sólo devolvían su propia soledad.
Siempre quise un espejo, pero nunca llegaba varón que me mostrase
más que un rostro mudo y ambiguo como el mar, que yo amaba
como a cumbre de iceberg. No hay recuerdo del cuerpo en que pueda confiar:
-Podés, amor. ¿No ves cómo, al hundirnos
amarrados, girando, un barreno que apunta el centro de la tierra
toco manos y anémonas y muslos y delfines
y pecho y mantarrayas y labios y corales
y pulpos y pelos y nalgas y anguilas
y el deseo madura como perla en la concha?
Al surcarte, te beso como el agua al cadáver
del bello marinero al que algas avarientas
amarran aún al vientre galeón
hundido. ¿Quién te talló a la imagen
de su pasión, su delirio? Hemos tocado fondo. Vamos
más lejos en la noche, en la danza, en el paso
final.


Yo no creía poder, pero era un torbellino la corriente, la danza
rotaba como un cráter y al fin se deshacía
en el cardumen blanco que llaman la locura.
Silencio. La ceniza se aposenta en el fondo
Bethânia canta sola, y antes que llegue el sueño
una certeza, al fin: -¿Sabés? Mi padre, allá en Bahía
se asombró de hombres solos, en cáscaras de nuez
disputándole al mar el resto de su vida, la mejor de las muertes.
Ya no temo al recuerdo, ya no te dejaré.
-Yo tampoco. Durmamos. Los cuerpos, en el sueño
bailan entretejen la mutua indiferencia, cada uno
en su fondo, en su deseo. Y uno solo. Y el día los sorprende
de nuevo en una orilla, como vuelven a ella
las olas, los veranos y los padres. Les dice:
Bailar, amor. El mar, la mar. Bahía. María Bethânia.


No. Eso no era la vida. El mar, la mar, los marinos
no engañan. Y vos no eras marino: caracol de otra orilla. Emergimos en ríos
diferentes, corrientes que no hay que remontar. Y yo bajo, derivo
detritus de barranca, embrión desprendido, las islas de este delta
cadáveres de locos varados de terror.
La desembocadura. El río desanuda recodos del dolor
y la resaca, dispersa, se acelera. Una bandada espera
haciendo ronda al sol como aquella pitanza
que el río le tributa con cada nuevo otoño. ¿Seré yo parte de ella?
¿Mi red levará al sol entre los peces?
Ah esa otra danza, anclada en mi memoria: viva como bandada, carozo
de mi poca valentía. Y allá voy, amor. El mar, la mar
ahora está vacía. Bahía, amor. María Bethânia. Yo.
La vida.

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Fado, 1995.
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Leopoldo Brizuela nació en La Plata en 1963. Publicó en poesía: “Fado”, 1995. Además de varias antologías editadas sobre el oficio de narrar, su obra de ficción comprende, entre otros, “Inglaterra. Una fábula”, 1999; “El placer de la cautiva (nouvelle)”, 2001; y “Los que llegamos más lejos” (relatos), 2002.
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Entrevista a Leopoldo Brizuela
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Roberto Themis Speroni: Un poeta en el hueso del invierno


A mis hijos


I

Como un ángel curioso atravesando
una gran galería, un infinito
mundo de soledad donde fulguran
murciélagos de hielo, estalagmitas,
carámbanos de vidrio tan agudos
como el ojo de un pez; como si fuera
un destino caminar el hueso,
lo frío del invierno y sus misterios,
lo largo en amarillo y lo que tiembla,
ando el tuétano duro, el quebradizo
contorno de una vida en piedra inmóvil,
la longitud celeste del granizo
dispuesto en oquedad en quieta sombra.
Yo, el poeta, el desnudo –el mar acaso,
acaso la montaña, un dios acaso–,
ando el hueso invernal, el incrustado
hueso del tiempo en la estación más fría.
Por ancha boca de cristal, por sitios,
donde filosas llamas se sostienen
las unas con las otras, simulando
ardorosas imágenes,, gastadas
ojivas de silencio, yo, el poeta,
–acaso el arenal, acaso el miedo–
voy internando mi vejez, mi llanto,
la certidumbre de saber que el hombre
es una forma del amor, del canto,
de la muerte que sopla dulcemente
a través de las grietas del invierno.
De esta manera, solitario, lejos
cargado de memorias que parecen
dolorosas anémonas, diademas,
constelaciones del ayer, avanzo
por el hueso invernal, por el gran tubo
que un viento tiritante va ciñendo
de lúgubres rumores, de murmullos
cuyo color castiga el ceño triste,
el triste muro de la frente abierta
a la razón que el invierno guarda,
como guarda el invierno en su comarca
la llaga del poeta.

Altas colinas,
dunas de sal, gaviotas transparentes,
hojas que fueron árboles un día,
rostros que en el adiós se distorsionan
hasta lograr la curva de los ojos,
lo fugitivo que en humo impera,
conmigo avanzan en quietud de hielo,
trepando, dando vueltas al origen
de lo que fuera bello, de lo antiguo
que amara yo, el poeta, –acaso un niño,
una flor a la orilla de una nube,
la delicada risa de un airoso
y brillante verano ya perdido–.

Todo conmigo va por ese hueso
de límites cambiantes: las ciudades,
los cementerios, el calor remoto
de un leño en la penumbra, el fino cuerpo
de una mujer tendida como un grito
de libertad detrás del pecho breve.

Y yo, el poeta, el taciturno –acaso
la sombra de un anillo, acaso el simple
sollozo de un guijarro, acaso el vuelo–,
voy integrando el ser, lo que los años
separan dividiendo, haciendo trizas
junto al hueso constante del invierno.

¡Oh, camaradas, ágiles guerreros
de aquella luz buscada y conseguida!...
Con cuánta lentitud, con cuánta angustia
debo internar mi soledad, mi sangre
por el invierno que a mi lado eleva
sus follajes de escarcha.

Por momentos,
descubro que hay un símbolo terrible,
una inviolable lápida asfixiando
esto que soy y somos, esta ardiente
necesidad de andar, de ver el grito
que el invierno sostiene, que aprisiona
con terquedad de hiedra en lo sombrío.
¡Si uno pudiera estar en toda fuente,
sumergido en profundas aventuras
solamente cercanas al espíritu;
si se pudiera descorrer el viejo
cabello del invierno, si la mano
quitara de improviso lo dormido,
lo muerto en apariencia, este gran hueso,
esta oquedad mortificante y sola
tal vez se estremeciera, diera un vuelco
hacia la estrella misma, y en el cielo
veríamos el mar, el valle hermoso
que los sueños contemplan solamente...!

Y sin embargo a tientas, yo, el poeta,
internándome a siglos, destrozado
por aguzadas limas que aparentan
infinitas ternuras, por espectros
que me arrojan arañas polvorientas,
adormideras, rostros invencibles,
sigo a paso de arena este gran hueso
donde el invierno es único monarca,
dios de cristal, señor de la derrota...

Niños caídos, vírgenes heladas,
inocentes arqueros de piel blanca,
cazadores de insectos, harapientos
monjes de nieve, imágenes de liquen,
en torno a mí, en torno a tanta pena,
tejen tapices, juegan a la muerte,
y con gestos apenas descubiertos,
momentáneos, fugaces, pero llenos
de misteriosa eternidad, se esconden,
me miran, aparecen y se internan
en el gran hueso del invierno hundido
en la mitad del tiempo, en lo callado
del tiempo y su mordida mariposa.

A veces, deteniéndome en un sitio
igual a una crisálida, cansado,
hombre del hombre, sombra de lo vano,
imagino que el hueso está en mi mismo,
sobre mi corazón, sobre los días
que transcurrieron dando tumbos, rotos
como botellas íntimas, iguales
a tanto mes caído en lo imposible.
Entonces se me ocurre que el espacio
es esto que está allí, cerca del hueso;
se me ocurre que parte de mis uñas,
de mi angustia que huele a tierra estéril,
a clamor boca a boca con el eco.
Y es verdad que agonizo en este instante;
es verdad que estoy próximo a lo exacto
que la muerte difunde. Y es tan cierto,
que hasta el hueso invernal, el hondo hueso
que suena en la garganta, me golpea
los apretados dientes del mañana.



Canto I de “Un poeta en el hueso del invierno”. Este extenso poema de VI cantos está incluido en “Veinte poetas platenses contemporáneos”, antología de Ana Emilia Lahitte editada por Ediciones Fondo Cultural Bonaerense en 1963. Ver ensayo sobre “Un poeta en el hueso del invierno” en AROMITO.Roberto Themis Speroni (La Plata, 1922 - 1967).