MAITE OSA, Voy y vengo, atenta y adormecida, contando los remordimientos que nadie quiere



JAMÁS ALMORCÉ, CENÉ O BEBÍ CON SEBASTIÁN

     Me había tomado seis meses decidir visitar a Sebastián. Cierto pudor no me permitió hacerlo antes. Debía estar mejor, recuperada, y entonces salir de la madriguera. Pero no ocurría cambio alguno, y el tiempo pasaba. Tenía un libro y un CD que debía devolver y además, Sebastián me había mandado un mail que por supuesto no había podido contestar. 
     Salí del auto decidida. Creo que alisé mi aspecto con las manos, confiando en poder disimular mis roturas internas con el desaliño general de la ciudad. 
     Sebastián se alegró al verme. Su negocio pequeño se llenó de gente. Debió ser un viernes o sábado por la noche. 
     No sé cómo, en un instante Sebastián se encontró en el centro de la tienda, parado, quieto. Yo al lado, quieta también, escuchándolo. El resto de las personas desenfocadas moviéndose alrededor nuestro, aceleradamente. No sé cómo Sebastián empezó a contarme sobre sus ataques de pánico, del rivotril, de los dos perros que invaden su cocina, de él como San Sebastián, el de la torre y allí la imagen arquetípica destelló en mi mente y quedé en blanco. Desconcertada de tanta intimidad revelada y todavía cegada por la imagen del santo, mezclada un poco con la de San Jorge y el dragón, balbuceé alguna frase estúpida. Nunca antes habíamos compartido confidencias tan personales, solo el rico mundo de las ideas de las imágenes en movimiento. 
     No sé cómo se rompió el círculo en donde estábamos. Seguramente Sebastián tuvo que recomendar alguna película o dar alguna sinopsis o poner las cajitas en las bolsas blancas que yo siempre me niego a llevar. Me anotó un nombre y un teléfono en mi agenda, engrosando así la lista de psicólogos que voy juntando en la vida para cuando decida tener uno. Y me fui. Bañándome antes en los ojos claros y transparentes de Sebastián. 
     Caminé hacia el auto, me imagino que con pasos cortitos y rápidos, pensando que la vida es rara. Sentía la cara caliente. Estaba aturdida. Tenía que volver pronto a la madriguera. También estaba contenta. 


Septiembre de 2011.



EN EL JARDÍN TENGO UNA CALANDRIA MUERTA

     En el jardín tengo una calandria muerta como una reina. Gemas sobrevuelan y se apiñan como un collar dorado y verde que resplandece con la luz. Brillan. El día amaneció inundado porque torrentes de agua cayeron durante la noche velándola. Le saco fotos. Voy y vengo. Cuando vengo le muestro a mi madre la imagen de La tentación de San Antonio, el tríptico pintado por el Bosco. Ella tiene el fuego de San Antonio, actualmente llamado Herpes Zoster, por eso le explico que antaño, según Réquiem de Alain Tanner, este cuadro pintado en la época de Colón, tenía poderes curativos para los que padecían enfermedades de piel. Se encontraba no como ahora en el Museo de Arte Antigua de Lisboa, sino en el Hospital San Antonio de Lisboa. ¡Qué hermosos colores tiene! Dijo dos veces fascinada, pero cuando le detallo de qué se trata comenta que es un cuadro espantoso. ¡Qué cosas horribles pintaban!
     Ya saliendo del taller le digo que se fije en la luz que baña al jardín. No le da importancia pero luego la percibe y me dice que no sabe de una palabra que la describa. Yo le digo que para mí es una luz naranja. Enseguida llama a Lur que está fotografiando las nubes. Lo viene haciendo desde hace un par de años. Alguna vez le he mencionado a Stieglitz. Nos sentamos a mirar el cielo lleno de azules, lilas, violetas, rosas, amarillos. Pero el robe de chambre de mi madre es el objeto que más concentra la luz reflejando como un espejo este atardecer. Quiero el rayo, le dice. ¿Qué rayo amona? ¡Quiero ver el rayo que tienes! Luego entendemos que se trata de las fotos de anoche, de las imágenes capturadas que anunciaron eléctricamente el agua.
     Lo que tenés también se llamaba la enfermedad de los remordimientos, porque como ellos, va y viene, nunca muere verdaderamente. ¿Vos tenés muchos? Pregunto mientras vemos la escena de Luz de invierno de Bergman en donde el suicida presionado por su esposa va a ver al pastor de su comunidad y éste solo puede hablarle desesperado de su fraude como creyente y ministro (apenas sale de la sacristía el hombre se pega un tiro.) Cómo voy a creer en esto de los remordimientos dice mi madre, ¿O tú te crees que mi prima Aurea que hace años que padece culebrilla y es más buena que el pan debe tener un remordimiento? Le digo que no vale reflexionar sobre otra persona y salirse por la tangente y le vuelvo a preguntar si ella considera que tiene remordimientos. Entonces me contesta que a su edad no piensa complicarse la vida pensando en estas cosas.
     Vuelvo a caminar por el jardín, contemplo el vientre hinchado del pájaro, voy hacia el almendro, recojo los frutos caídos por la tormenta. Separo las almendras de las maravillosas cáscaras carnosas que pronto empezarán a envejecer. Me gustan mucho estas pieles, tan sensibles al tiempo, tan cambiantes de color, alojando en su interior otra protección de la semilla dura como un carozo. Debería pintarlas.
     Hoy no he leído, ni a Jung, ni a Bolaño, ni a César Aira. Tampoco cociné. Ayer toqué el clarinete: improvisé un poco y leí las partituras. Luego dibujé el limonero. En medio de la llovizna salí a matar caracoles, como un personaje eterno y nocturno del jardín, creo que ya pintado por el Bosco. Voy y vengo, atenta y adormecida, contando los remordimientos que nadie quiere y que vuelan como moscas sobre los pájaros muertos.


Febrero de 2014.





     Hace mucho tiempo, en 1964, me llamaron una vez y para siempre Maite Osa, porque mi papá nació en un caserío de Guipúzcoa y mi mamá, que vino de un pueblito diminuto, tapado de nieve en los inviernos de Castilla la Vieja, ya había elegido antes el nombre para  mi única hermana.
     Siempre disfruté dibujar y pintar, esa placentera concentración que hace desaparecer la realidad bochinchera y lo lleva a uno por jardines solitarios. Muy de vez en cuando siento la necesidad de escribir. Tal vez dura un año y luego se adormece hasta el próximo período.
     Me fui a La Plata a estudiar Bellas Artes, allá por 1984 y me quedé a vivir hasta el 2002. Luego, por varios años viajé para dar clases en la Facultad. Ahora solamente trabajo en escuelas de San Nicolás de los Arroyos, lugar donde nací, donde vivo y donde se crió mi única hija Lur.
     Me gusta leer, tocar el clarinete, zurcir prendas rotas, hacer compost, sacar fotos, hacer videos, cocinar para amigos, ver películas de Godard, Dreyer, Bergman, Jonas Mekas, Harun Farocki, Claudio Caldini, ir al trabajo en bicicleta, distinguir el canto de los pájaros, enterrar semillas y ver cómo crecen árboles.
     Hace unos meses que escucho música de Thomas Peter y de Hans Koch, dos músicos suizos que andan de gira por Latinoamérica y que tuve la oportunidad de conocer.
http://www.deezer.com/es/album/15284973
     Los últimos libros que me regalaron son: Confabulaciones de John Berger y El contexto de un jardín, Alexandrer Kluge. Hace poco compré Tadeys de Osvaldo Lamborghini y saqué de la biblioteca popular local Memorias del subsuelo de Fedor Dostoievski para hacer teatro leído con alumnos de la Escuela Secundaria del Penal Nº 3.
     En esta foto, yo que porto sombrero, estoy con Carolina Cordisco, grabadora y amiga de Rosario.


Maite Osa (San Nicolás de los Arroyos, provincia de Buenos Aires, 1964). Artista visual. “Jamás almorcé, cené o bebí con Sebastián” pertenece a una serie denominada Comensales, que ahora forma parte de un ensayo experimental audiovisual. Imágenes: Maite Osa. 

ROBERTO THEMIS SPERONI, POETA A 95 años de su nacimiento



ROBERTO THEMIS SPERONI, POETA
A 95 años de su nacimiento

Por José María Pallaoro

     Abro la caja de cartón madera que en uno de sus laterales tiene una etiqueta autoadhesiva, amarilla, que dice SPERONI. Revuelvo su interior, carpetas, papeles, libros, recortes. Parte de lo que busco de Roberto Themis está ahí. Hijo de padre, Roberto José, funcionario de Rentas y dramaturgo que nunca llegó a publicar; anarquista, socialista, escribió en La Protesta de La Plata, ciudad en la que nació en 1899 y murió en 1946. Hijo de madre, Teodolinda Laura Ivaldi, ama de casa y maestra que nunca ejerció, culta, leía y recitaba poemas y cuentos para el deleite de Roberto, nació en 1900 y desconozco el año de su partida. El matrimonio Speroni tuvo cuatro hijos: Roberto, Berenice, Brunilda y Daniel. Buscan aire fresco para la familia. Llegan a City Bell en 1928, y se instalan en una casa de calle Cantilo entre 17 y Sarmiento. Roberto hace hasta 4º grado en la Escuela Nº 12, en calle 11 esquina 4. Luego, 5º y 6º en el Sagrado Corazón de La Plata. Desde chico fue un lector voraz, historietas, libros de aventuras, El Purrete, Emilio Salgari. Escribe sus primeros poemas. Recorre el pueblo de tierra, árboles, lagunas y arroyos. ¿Algún día ese pueblo llevará su nombre? Ingresa al colegio industrial porque su madre quiere que sea Ingeniero, en 3º año abandona, cursa algunas materias en Bellas Artes, y también abandona; la poesía había ganado la pulseada. Y el amor se amplia, crece. Nelly, los hijos. Y la soledad, la amistad, la risa, el tabaco, la escritura. Siempre la escritura.

     En 1945 con solo 22 años publicó su primer libro de poemas: Habitante único (“Cuando esta onda de vibrante empeño/ se parta como una espalda de niebla/ libertaré las imágenes que guardan los espejos,/ y mi voz, morirá de rodillas/ en la frente destrozada de un lirio/ con un cansancio de fechas, de caminos, de palabras.”); le siguieron en 1948 los sonetos y poemas de Gavilla del tiempo (“Abre más la ventana; tú no temas/ que llegue a sentir frío”); Tentativa en la luz, 1951, (“Ven, viajemos. La muerte es sólo un ángel;/ un ensueño entre pájaros y estrellas.”); los sonetos de El tatuaje en el viento, 1958, (“…y en el tazón verdoso de la espera,/ la vieja fuente, sosegada, canta.”). En ese mismo año, 1958, la revista Ficción en su número 22 publica la novela El monso. En 1963 con la edición de El poeta en el hueso del invierno (Veinte poetas platenses contemporáneos, antología de Ana Emilia Lahitte) hay un quiebre y comienza lo mejor de su producción poética (“Y yo, el poeta, el taciturno –acaso/ la sombra de un anillo, acaso el simple/ sollozo de un guijarro, acaso el vuelo–,/ voy integrando el ser, lo que los años/ separan dividiendo, haciendo trizas/ junto al hueso constante del invierno.”); Paciencia por la muerte, 1963, (“…mis uñas cavarán la tumba,/ el lugar del amor y la ciruela,/ de la barba y el viento, cuando un día/ las plumas de la garza me saluden”) y Padre final, 1964, (“…Esa tarde,/ adquirí, para siempre, mi tristeza.”). Todos estos títulos publicados en vida del poeta, junto al libro de cuentos Ro y otras historias de 1963.
     A menos de un año de su muerte, la Fundación Argentina para la Poesía, colección dirigida por Carlos Alberto Débole y Rubén Vela, edita Antología, con selección y prólogo de María de Villarino. Además de poemas incluidos de los tres últimos libros mencionados, lo interesante de esta edición homenaje es la inclusión de poemas inéditos extraídos de los libros Cantos del solitario, 1965 (“…Cuando muera,/ si estoy aquí, yo le diré: –Cuidado…/ Y nada más, los árboles son piedra.”); Elegías alfabéticas, 1966, (“…estoy conforme./ Siendo el hombre que fui…”); Y digo al aviador, 1966, (“…el universo/ es, en un día, solamente un día.”). En el invierno de 1975 Ana Emilia Lahitte recopila en dos volúmenes gran parte de la producción poética de Speroni. En el primer tomo, la propia Lahitte y otros poetas y escritores, comentan, prologan, ensayan, acerca de los libros que Roberto publicó en vida. El segundo tomo recopila los poemas y libros inéditos, además de los incluidos parcialmente en la antología de de Villarino, el poema confesional “Acta” (“…escribo cerca de mi casa,/ en un álamo blanco, junto al aire/ que levanta un febril picamadero,/ y me dejo invadir por largas nubes/ de soledad…”), Sólo canto de hierro, 1964, (“…Nadie sabe./ Nadie responde. Nadie se estremece.// El amor es apenas un albatros.”), La piedra más rota, 1966, (“…No estoy muerto/ ni tampoco estoy vivo. Simplemente/ busco palabras…”), Aquella vez de la madera, escrito entre el 3 y el 6 de diciembre de 1964, (“A veces soy sensible, simple y bueno/ como un guante de hierba, como un tibio/ pantalón de labor, como las jarras/ que la leche saluda en la campaña.”); Sonetos (1951-1966), Otros poemas.  En 1985 se edita el poema en prosa El antiguo valle; aún quedan inéditos, entre otros textos, “Viaje hacia un Tiempo de Muchachas”, ensayo sobre la poética de Alberto Ponce de León; las novelas La fatiga, La gitana y El jinete, además de un libro de fábulas en apariencia perdido. Parte de su obra sigue dispersa en diarios y revistas.

Dos fechas abarcan su vida: 29 de septiembre de 1922 y 28 de septiembre de 1967. La belleza de su poesía sigue intacta hasta hoy.

UN POEMA DE SPERONI

Hay gotas en la piel que me lastiman;
hay gotas de metal, gotas inmensas,
duras como planetas, como bueyes
astillados arriba de mis hombros,
sobre mi corazón lleno de orugas.

Hay gotas en la piel que me conocen;
que me cantan y nombran y perdonan
cuando estoy solo, y caen desde la noche
infinitos terrores y ciudades.

Y hay otras que se van, que no me tocan
y que jamás sabré cómo se pierden.



Publicado en revista Posdatas, lo que queda por decir de arte, año 2 nº 6, La Plata, invierno de 2012. Directora: Paola Boccalari.

Facundo Cabral, Ella no dice nada




     Mi madre, encinta, bailaba con mi tío loco por el hachazo que todavía llevaba en la cabeza; bailaban a los saltos, de punta a punta del patio agobiado por malvones.
     ¿Qué pasa afuera? pregunté; estamos festejando tu inminente nacimiento, contestó mi madre.

     Entre el polvo y el humo del asado, el lucero del gaucho y la luna a la que tanto amó el persa al que tanto yo amaría después, con mis pies por delante, para declarar la rebeldía que me acompañaría por todos los mares, salí de mi madre y entré al mundo, el útero pletórico de cucarachas y palomas que me deslumbre casi tanto como aquella ballena que, cuarenta años después, viera parir en la Baja California.
     ¿Ese es el árbol, madre? Sí, hijo, y esta es la hormiga y aquella la nube, parte de las cosas del mundo que, con la vida que el Señor te regala a través mío, gozarás, si te animas a la aventura de los elementos, de la flora y la fauna.
     ¿Y mi padre? Pregunté a mi madre que lavaba en el arroyo su único vestido; se fue, dijo… o no, no era tan inteligente como para irse; más bien se perdió. Eso era lo único que podía hacer por nosotros, el mejor regalo para vos, que desde un principio sabe que la familia no sirve, que es un vía crucis de parientes, una miseria en cooperativa, la responsable de la secta que, multiplicada, es el nacionalismo que dividió y apestó al mundo.
     ¿Para qué nací, madre? pregunté. Naciste para desvelar a Sylvia, para inquietar al comisario, para darle trabajo a los censores, dijo mi madre.
     (Años después supe que nací para confirmar que la flecha nunca da en el blanco, para comprobar mi desubicación en esta sociedad donde las ideas han suplantado a los hechos; nací para preferir la transformación, que es mística, a la metafísica, que es psicológica, a pesar de ser una palabra griega.)
     Nací para dar testimonio de un escándalo infinitamente demorado, para que mis ojos se lo beban todo, para que terminen devorando mi copa, para ignorar que la existencia es una interminable suma de miedos.
     Nací para sentirme mal, tal vez sólo porque sospecho, culpa de la esperanza, que puede haber un mañana mejor, y yo soy ansioso, no puedo esperar; nací para comprobar en el presente, y gracias al pasado, que nada es tan malo, pero que tampoco nada es tan bueno; nací para ser lo amado, por ejemplo Arthur Rubinstein, al que conocí dando de comer a las palomas en el Campo di Fiore del Trastébere romano, el que con solo apoyar sus incendiadas manos en el teclado podían revivir a Chopin; nací para cultivar la memoria de tal suerte que se enriquecieron mis soledades, que son declaraciones inconscientes de independencia.
     Nací para tener que aceptar, dolorosamente, que aunque uno haga mucho, lo esencial será postergado hasta lo infinito; nací para que una extraña ética me condene a estar solo, pues no me permite pactar ni siquiera con aquellos que me ayudarían a sobrevivir; nací para no recordar quién dijo que la gloria es el sol de los muertos; nací para preguntárselo a Borges un día de estos en la Galería del Este, porque él lo debe saber, of course; nací para que él me sepa, nací para que Aquel me piense.
     Nací para comprender que el que consigue llegar a su epicentro alcanza la eternidad; nací para perseguir infinitos y nostalgias, para imaginar el Universo, y a mí dentro de él, y a él dentro de mí, para saber que el escocés Carlyle estaba enamorado de Alemania, o de Goethe y Schiller, que es lo mismo.
     Nací para leer, traducido, al Schopenhauer que se me adelantó, si yo fuera Nietzsche; nací para aprender algunas voces del inglés y el italiano, para amar al hebreo, al que tal vez nunca alcanzaré.
     Nací para curiosear textos expresionistas que jugaban con el lenguaje como jugó Joyce; entre esos curiosos textos descubrí a Kafka, siempre divagando por el infinito; nací para morir con él, entre tortugas y flechas.
     Nací para renacer por vos, para que no dejes de soñarme porque si no desaparecería; Nací para hacer nada para nadie, para ser ninguno entre cualquiera.
     En esos días, como ahora, la gente tenía predilección por las estupideces, un respeto suicida por lo mediocre, es decir que antes de ser lo que no es, era menos (aún no quiere enterarse de que está hecha a la bendita semejanza, como el gato todavía no se enteró de que la ley de gravedad sigue vigente.
     Los años pasaron unos tras otros, como es su costumbre, y no tuve más remedio que crecer; de mi familia heredé sólo una incipiente arteriosclerosis que me salva de recuerdos deleznables, que aliviana y agiliza a mi memoria, y un apellido de dudosa implicancia histórica: Cabral (por mi pariente, el sargento, algunos me odian; me dicen: Por haber salvado al que salvó cuántos vinieron detrás.
     Así comenzó la cuestión; había que elegir un modelo: preferí seguir al hombre del hachazo en la cabeza. Por él me conecté con otros golpeados, es decir Samuel Beckett, Henry Miller, Ezra Pound, a quienes encontré en la biblioteca, el segundo gran descubrimiento de mis primeros años, después de los caballos.
     La biblioteca… allí estaban las fábulas y los aciertos de los hombres, desde el claro Lao Tsé, el despierto Buda y Hermes Trismegisto a las revisiones de Kierkegaard.
     (…)

ELLA NO DICE NADA

Ella no dice nada solo cocina
ella no dice nada solo cocina
vaya a saber la causa
vaya a saber la causa
vaya a saber la causa
de su alegría
Ella no dice nada solo sonríe
ella no dice nada solo sonríe
cuando en lugar de sopa
cuando en lugar de sopa
cuando en lugar de sopa
sirve jazmines
Ella no dice nada lava y suspira
ella no dice nada lava y suspira
y a veces hasta vuela
y a veces hasta vuela
y a veces hasta vuela
de distraída
Ella no dice nada pero se entiende
ella no dice nada pero se entiende
porque se pasa el día
porque se pasa el día
porque se pasa el día
teje que teje 


     Siempre preferí la literatura pues nunca me convenció la anécdota grosera y pobre que sucedía en las calles donde me crié. Allí surgían mártires para nada pero jamás héroes; esas calles no existieron para mí, excepto como puntos de partida para imaginar lo contrario, fábulas que hacían soportable la desganada vida de la comunidad que, más que albergarme, me debilitaba.
     En esas calles señoreaba la apatía y el espanto, a los que quise olvidar caminando el mundo, la esperanza, el atrevimiento; de ahí en más, ningún sistema, es decir ningún estatismo, logró detenerme.
     El ensueño de la momentaneidad, el amor por el cambio permanente, nacieron en esas calles; El vagabundeo me enamoró de la metafísica, la búsqueda, la infidelidad, el arte. No me gustaban los vecinos que tuve en la adolescencia; entonces les inventé colores, es decir que, al cambiarlos, fueron más vivibles el Horacio Fernández que imaginé perdiendo el camino al África y anclando en Berisso, el Esnaola que supuse amigo del conde polaco que resultó ser Witold Gombrowicz, el hinchado Larrosa que, en una noche de verano, nos acercó a Shakespeare.
     En esas calles, la protección arruinaba las aventuras porque, sea como fuere, en ellas siempre había amparo y abrigo familiar, convencional solución, jubilación, seguridades sociales que aprendí a odiar porque deseaba ser salvajemente libre y vivir en verdadero peligro, como vivo ahora.
     En esas calles quedaron el falso líder Peralta, el inútilmente atrevido Menéndez, los Etchegaray y su vana cofradía, el ingenio inocente y tímido de Carvajal, los huecos e interminables discursos de Bidegain; ellos terminaron de arruinar sus vidas, como era de suponer, encadenándose al comercio y a los ministerios.
     Esas calles eran pobres, pero lo peor era la tristeza, el aburrimiento que las poblaba; sobraban las bicicletas y los partidos de fútbol, y escaseaban las mujeres y la cultura; el arte ni siquiera era intuido. Desganadamente, la vida iba hacia la muerte, que trataba de evitarla; doña Pilar salía en bata a saludar a don Ricardo que esperaba que el confesarse con el cura Matías lo libraría de abandonar esa minucia que él creía vida; Cassinelli se emborrachaba para salvarse de la apatía general; Torrebruno se masturbaba en el altillo y escondía algunas monedas en el sótano; el doctor Taverna soñaba con el triunfo argentino en el campeonato sudamericano de básquetbol.
     En mis pesadillas retorno a esas calles, y mi voluntad se corroe al cruzar otra vez por el mercado y oír los comentarios de los traidores a la evolución, cometido a puro teleteatro y Pimpinela.
     No puedo recordar mis primeros años con jardines, trenes eléctricos, mañanas de gaviotas frente al mar y tardes de Brahms y poesía; mis recuerdos son sombríos, de acuerdo a las nefastas chimeneas que rodeaban a los multitudinarios empleados públicos que me ahogaban por los cuatro costados.
     Los más humildes ennegrecían sus cuellos y sus manos en los talleres que los marcarían para siempre en la vida y en la muerte a la que entrarían con la terrible contraseña de sus uñas sucias y maldecidas por la alta traición de no buscar y trabajar nada más que por obligación.
     Ottolenghi es un ejemplo de lo que digo, pues ni el dinero ni el placer ni la notoriedad pueblerina, ni siquiera el amor, lo libraron de las manchas de sus dedos; cuando murió, fue un monstruo primitivo e hinchado que, entre reumatismo y artritis, agobió con lamentos a Dios.
     Antonio quedó en esas calles, denigrándose a sí mismo, al poeta, al hombre que podía haber sido, detrás de un escritorio donde solo es un ciudadano; también Mario, que hastiado y con mucho vino barato en la sangre, se cayó del muelle y murió ahogado al costado del petrolero San Blas, antes de que este se incendiara en ocho días memorables que llenaron de ceniza a Berisso y Ensenada, donde se enfurecía Simón, uno de los pocos vecinos que recuerdo con afecto.
     Por él descubrí las palabras, él me enseñó a amarlas, a salvarlas de las máquinas de escribir, de los periódicos, de la basura adonde las tiraban los mercaderes y los escribanos, a esconderlas para que no las denigraran y malgastaran los abogados, a lavarlas y ponerlas a secar en el techo del hotel Europa.
     Había que ver cómo brillaban a mediodía ahí arriba, cómo iluminaban al pueblo las palabras, qué graciosas lucían las consonantes llenas de uvas y las vocales de fango, el fango de donde nace todo y al que todo regresa… era emocionante ver cómo la palabra revolución, por ejemplo, rompía los vidrios del banco y la comisaría.
     Las palabras… por ellas levanto mundos al hablar y los destruyo al callar, despierto al otro que también soy, al mejor de los que me habitan, el que vive para lo que ama, el que no pierde el tiempo con el enemigo, es decir con lo que no lo crece.
     La manzana es más manzana cuando la nombro, el río brilla más en su sonido, yo tengo un lugar en el universo cuando alguien me llama, hasta el amor es nada cuando lo callo.


EL OFICIO DEL CANTOR

El oficio del cantor es cosa maravillosa
caray que contarle al mundo que en casa no sea una rosa
o que vino del oriente una nueva mariposa
o que Dios y la verdad viven en todas las cosas
El oficio de cantor es tarea venturosa
para el sediento la copla es el agua milagrosa
por compartir con Ciriaco esa cuestión misteriosa
que es nada más que la vida
aunque le llamen milonga

El oficio de cantor se aprende teniendo ganas
abriéndole al sol la puerta y a la sombra la ventana
o dándole tiempo al tiempo para el verso para el trigo
para la fe la esperanza, y perdón, y los amigos
Ser cantor no es un oficio
es ser espía del viento
pues se canta con su voz
que es Dios compartiendo el verbo
es andar soles y lunas
con la manzana entera
que el Señor puso en mis manos
para dársela a cualquiera
Para cantar compañero
hay que perder todo el miedo 


NO SOY DE AQUÍ NI SOY DE ALLÁ

Me gusta el mar y la mujer cuando llora
las golondrinas y las malas señoras
saltar balcones y abrir las ventanas
y las muchachas en abril

Me gusta el vino tanto como las flores
y los amantes, pero no los señores
me encanta ser amigo de los ladrones
y las canciones en francés

No soy de aquí, ni soy de allá
no tengo edad, ni porvenir
y ser feliz es mi color
de identidad

Me gusta estar tirado siempre en la arena
y en bicicleta perseguir a Manuela
y todo el tiempo para ver las estrellas
con la María en el trigal

No soy de aquí, ni soy de allá
no tengo edad, ni porvenir
y ser feliz es mi color
de identidad


POBRECITO MI PATRÓN

Juan Comodoro,
buscando agua encontró petróleo,
se volvió rico…
pero se murió de sed…

Yo no sé quién va más lejos,
la montaña o el cangrejo…
Pobrecito mi patrón
piensa que el pobre soy yo…

Quién sabe si el apoyarse,
es mejor que el deslizarse…
Pobrecito mi patrón
piensa que el pobre soy yo…

Más que el oro es la pobreza,
lo más caro en la existencia…
Pobrecito mi patrón
piensa que el pobre soy yo...

Solamente lo barato,
se compra con el dinero…
Pobrecito mi patrón
piensa que el pobre soy yo…

Que me importa ganar diez,
si se contar hasta seis…


En: Paraíso a la deriva. Memorias, Sudamericana, 1985. Foto: Jmp

Facundo Cabral (Rodolfo Enrique Cabral Camiñas, La Plata, Provincia de Buenos Aires, 22 de mayo de 1937 - Guatemala, 9 de julio de 2011). 

Eduardo Pereyra Rossi, Una sola convicción poética de vida y palabra inconclusa todavía


LOS QUE ANDAN

pisan fuerte
sobre el techo frágil
en búsquedas nocturnas
hacia el baldío

crecieron salvajes
entre pelea y pelea
y repiten ritos ignorados
mientras duermen al sol
acurrucados

una vieja les da de comer
en estas épocas de hambrunas
y con las panzas llenas
llenan a las hembras gigantes
y bellas
que miran a la luna
con anteojos de botellas

saltan entre sueño y sueño
y no le importa la lluvia y se cobijan
melancólicos
tranquilos
debajo de las chapas
muerden las ratas
golpean las piedritas
y en la tarde
cuando se hace de noche
salen en manifestación
sin necesidad
de invitarnos.


EN UN PRINCIPIO

ella empezó su historia
por el final
fue la última hija de amores
salteados
por algunos desencuentros
entre un vasco Biscayart
y una criolla Sosa

sus grandes ojos
de adolescencia
parieron en dulces juegos sus hijos
carpinteros de 51 y 19
de Astilleros Río Santiago
carpinteros de su pueblo
de ella
compañeros

y como empezó por el final
hoy
después de tantos años
está a punto de nacer en lugar de envejecer
como es la costumbre de mucha gente.


CON VOS A CUALQUIER LADO

el barco está oxidado
bajo el puente Pueyrredón
en el Riachuelo putrefacto
espejo sucio
donde el frigorífico la CAP
abandonado a las ratas
se refleja

el viejo Alfredo me dijo
que los años y las lunas
los perros y los enanos
los piojos y los elefantes
los faroles y los desbolados
lo visitan tarde y noche

que las bodegas están repletas
de escondites
donde esconde el contrabando de nidos
donde empolla
su próximo y definitivo viaje
a los andes
sobre un burro muerto de hambre
y allá vamos.


SÓLO UN TIPO CUALQUIERA

debo reconocer
que sólo mi mano tendida
es lo que puedo ofrecerte
para levantar los adoquines
las baldosas
y mi pecho
para parar en lo posible
el daño que puedan hacerte
y si aun así te hieren
puteá
puteá a los que llevaron el hambre
a tu mesa
puteá a los que te quieren afanar
el futuro
el destino
y curá tus lastimaduras desgarradas
en los ojos tiernos
entrecerrados
entreabiertos
abiertos
del que morirá en esa misma
Jornada.


AUSENTE SIN AVISO

esperó la llegada
sentado
relojeando la puerta que se abría
una y otra vez
sin dejar pasar
el beso
la mirada
la paz
la mirada
el beso
la palabra.


TRAVESÍA

a pesar que siempre viajó
en tren
nunca sacó ida y vuelta
y si alguna vez volvió
lo hizo colado
en el techo del Estrella del Norte
con el viento agitando su pelo
con el viento
consumiendo su cigarrillo
rápidamente
con el viento
que purificó sus agujeros años más tarde
atravesándolo
como una bala


RUMBO COMPARTIDO

venimos
derrumbando columnas que
parecen
pegadas con poxipol
al cartón podrido de viejas
escenografías

renaciendo

con las pequeñas contribuciones
de los hombres y mujeres
que entienden el amor
en el amanecer desordenado
de los días inevitables


AL PASAR

encima de su cuerpo
sus miedos despejaron mis temores
y vivimos juntos
algunos días desde entonces

llovieron tuercas y papeles
aerosoles en el poniente
dispararon gallos al amanecer
abatiendo malos agurios

manchamos sábanas que intentaron
en vano
cubrirnos
y abrimos campamentos
que aún con tibieza
convocan a encender nuevos fuegos.


SONRISAS DE FIN DE AÑO

tiempo
viento
tiempo de huracanes
viento de tiempo
viento de hombres
huracanes de mujeres
asomando en las esquinas
y las calaveras desde el fondo
morderán la tierra, el mar, el
fuego,
bebiendo el sol
en carcajadas.


INTENTÓ

regalarle la llave
eso quería
pero tardó tanto tiempo
que su puerta fue abierta
con sorpresa
a golpes de hacha
mientras el fuego consumía
los últimos papeles.


BIENVENIDO

lo recibieron con entusiasmo
y temor
con preguntas
con insuficientes respuestas
para lo que no se puede predecir
y la miseria que nos rodea
y andar
y vivir
con ladrillos que no alcanzan
para hacer de una casa
una casa
y el frío
ahí
en los huesos
de los que están sin frío
y con muchas ganas
de no ser olvidados.


FALTA DECIR

algunas veces uno se queda
tal vez demasiado
en los cielos azules
en las flores
en los arroyos
en el río sin orilla a la vista

algunas veces uno se queda
demasiado
en las vueltas de la vida
en las acrobacias compartidas sin red
que proteja
en las paredes chorreantes de frescas
palabras
de nuevos hombres

algunas veces uno se queda
demasiado
en los lugares comunes
que no tienen nada de malo
que son cálidos como un cafetín
empañado

y algunas veces uno
presiente la posibilidad
y escucha el sueño
porque los creyentes del mañana
los hacedores
los fernandos
los pingulis
los sabinos
los gabis
los chachos
los leonardos
los bichitos
los negritos
los felipes
las amalias
los pacos
los urondos
predicaron
se rompieron el alma
se despojaron de sus cuerpos y dolores
peleando noches y días
con una sola convicción poética
de vida y palabra inconclusa todavía.



En: Poemas del Carlón, Secretaría de DDHH del Movimiento Evita, (s.f). Foto: Jmp
Eduardo Pereyra Rossi, “Carlón”, nació en La Plata el 19 de enero de 1950. Fue secuestrado por una patota parapolicial, junto a Osvaldo Cambiasso, del bar Magnum de la ciudad de Rosario, el 14 de abril de 1983. Sus cuerpos fueron encontrados tres días después en la localidad de Zárate.  La dictadura cívico-militar “informó” que fueron “abatidos en un enfrentamiento” con la policía.

Julián Axat, Quien ahora rompía la puerta y lo venía a salvar


LA MODA DE LA VÍCTIMA 

Está de moda ser víctima
–dijo el poeta
para luego hacerse la víctima
de un grupo de poetas
que lo blasfemaban
y decían que sus sonetos
apestaban a la herida de quien
no tiene un motivomás que la
impostura de una memoria marcial.

“Está de moda hacerse la víctima”
dijo otro de la tertulia
que lo corrigió
y terminaron chocando las copas
entre poetas que no lo blasfemaban

y yo solo miraba de lejos
con la farsa del victimario.


EL PALACIO DE JUSTICIA

Las villas no tienen palacios de justicia
tienen capillas & centros de información
policías punteros referentes & servicios infiltrados
las villas no tienen palacios de justicia porque
el poder judicial nunca se embarra
te atiende de saco & corbata tras el mostrador de Talcahuano
& los códices comentados en latín
dicen que las villas no deben tener palacios de justicia
sino derribadores de bunkers & allanamientos masivos
resolvedores de problemas desalojos & pibes descalzos mujeres golpeadas
falopa & la mayoría de gente honesta que vive
haciendo cola en un almacén donde también te remarcan
o te cobran canon por estar & tratarte de peligroso
porque la villa no tiene palacios de justicia
& es un sueño que lo tenga
& por el ojo de la cerradura
entre algún día el palacio humano
demasiado humano menos palacio más justicia menos corbata


EL ESTADO SE RETIRA DE LA POESÍA

Y vuelven los versos perfumados con deudas contraídas a las multinacionales
del intimismo y el salón
Los mercaderes de las palabras
el pago a los buitres y no a los albatros
la sangre cartonera
el cualquerismo sin fin
vuelven los museos sin próceres y sin panes
las tertulias con el rey local de Mondadori
y nada de alpargatas
sí de mocasines
y los malos vuelven
los muy malos no los malditos
ahora vienen a tirar balas contra la sombra de Evaristo Carriego
porque el Estado
el Estado se retira de la poesía
claro que
después de no haber entrado nunca
pero sí anunciarla con bombos y platillos


CHEEKY

Cosía la piel en el taller
bordaba el quejido
el ruido de la noche
cosía y cosía el trueno

Antes de que todo estalle
pudo reconocer la confección a medida
el traje nacido de la mano engrillada
el que vestía el Metropolitano
quien ahora rompía la puerta
y lo venía a salvar


STALINISMO MAGICO
(para Demetrio Iramain, amigo de desobediencias)

Odio a los comisarios
Los poetas son la contra cara de los comisarios
Los comisarios no entienden nada de poesía
Dan órdenes sobre el lugar y la forma
A Roque Dalton lo asesinaron los comisarios
Porque “no se ordenaba”
El desorden de los versos es el arma
Y la revolución de los poetas

Si me llamas al orden
Mejor busca a un policía
Yo te arrojare pétalos por la cabeza


EL DÍA QUE MAIAKOVSKY DISPARÓ AL CIELO CON UN ARMA QUE LE DIÓ LUNARCHASKI

EN 1918 Dios fue sometido a juicio por sus crímenes contra la humanidad
En el banquillo de los acusados se colocó la Biblia
Los fiscales presentaron numerosas pruebas de culpabilidad basadas en testimonios históricos sobre la crueldad de Dios
La defensa pidió la absolución por demencia evidente y por desarreglos psíquicos irreversibles
El tribunal encontró culpable a Dios de todos los cargos y lo condenó a muerte
En el amanecer del 17 de enero de 1919 un pelotón de fusilamiento disparó cinco ráfagas de ametralladora contra el cielo de Moscú y cumplió la sentencia
Tiempo después Lunarchaski, el comisario cultural de la revolución, dijo: “Dios no existe. Lo fusilamos nosotros allá por 1918.”


SLAVOJ ZIZEK Y RAPHAEL LEMKIN DISCUTEN SOBRE EL ORIGEN DEL MAL

Detrás del genocidio
un poeta genocida
suscribiendo su partitura de versos
y una legión
que las ejecuta como sentencias

Detrás del genocidio
un poeta que sueña
organizando la resistencia de sus versos
la pasión de los revolucionarios

En el centro del genocidio
sin tomar partido
la poesía
la piedad inverosímil
el ojo descuartizado
de Dios


OFF SHORE

Fugarse
Fugarse de la vida
Fugar a los que no tienen nada
Fugar la riqueza de los que no tienen nada
Fugar la necesidad de otro mundo posible
Fugarse del otro porque le tengo miedo
Fugarse a una isla y alambrar mi perímetro
Fugarse de los miserables de los que nada tienen que perder
Fugar la esperanza y el sueño a un paraíso más parecido al infierno de lo ajeno
Fugarse de la infancia perdida y no recobrada
Fugar el encuentro hacia el desencuentro de unos pocos
Fugar la revolución en los ojos de un burócrata del ajuste
Fugar el propio suicidio en la colonia de la mente
Fugarse del padre y de la madre fugarse de Dios
Armar una cuenta en el paraíso de los muertos
Y pedirles a ellos clemencia y fuga cuando todo estalle
Fugar la memoria y la narración
Fugar la mirada y la sensibilidad
Fugar la pasión y las ganas de cambiar el mundo
Fugarse de todo y de todos hasta que fugarse sea el egoísmo que nos devore


En: Offshore & otros poemas, Ediciones Periféricas, Chile, 2016.
Julián Axat (La Plata, 1976). Foto: Jmp